A un siglo del fusilamiento de Mata Hari. ¿Bailarina mediocre o espía audaz?

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Mata Hari. Bailarina, cortesana y supuesta espía holandesa a favor de los alemanes durante la primera gran guerra, condenada sin pruebas concluyentes y fusilada hace un siglo.

15 de octubre de 1917. Eran las 5,30, amanecía en Vincennes, muy cerca de París y Mata Hari ya se había maquillado. Prefirió cubrir su cabeza con un sombrero de tres picos, vestir un traje de dos piezas bastante escotado y llevar guantes de cabritilla a la hora de morir.

Frente al pelotón de fusilamiento, con gran dignidad, se niega a ser atada al poste y rechaza el ofrecimiento de vendar sus ojos. Lleva su mano hacia sus labios y dedica un último beso, mientras mira de frente a los 11 fusiles que le apuntan. Sólo 3 tienen poder fuego, los otros 8 balas de fogueo, para que ninguno de los soldados sepa quién disparó la bala que acertó justo en su corazón.

Nadie reclamó el cuerpo, el deseoso cuerpo que arrastró tras de sí a poderosos hombres de Europa y que luego sería decapitado en la facultad de medicina y su cabeza enviada al Museo de Anatomía de París, de donde fue robada años después, se dice, por un amante, que la deseó aún después de muerta.

Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y sembrado tanto misterio a su alrededor como Mata-Hari, la más legendaria bailarina del siglo XX. Ella misma se encargó durante años de urdir la red de rumores y fantasías que envolvieron en una nebulosa a aquella bailarina exótica, de la que dicen que bailaba muy mal, pero que se desvestía muy bien, que era apasionada, amante de caballeros influyentes y, supuestamente,  una arriesgada espía.

Pero, para muchos historiadores, la famosa bailarina hindú, tan aclamada en París, en Berlín y en Montecarlo, no era más que una mentirosa patológica y una aventurera caída en desgracia.

Había una gran expectativa general por su juzgamiento, y el público, azuzado por los diarios, estaba manifiestamente en su contra. Fuera por su vida de lujo en medio de las penurias del tiempo de guerra, por la promiscuidad de sus relaciones amorosas, por el temor que se tenía a los espías o por la simple envidia de resultar mujer fatal, capaz de atraer a casi todo hombre, en el tribunal de la opinión pública casi todos ya habían bajado el pulgar.

mataEl tribunal militar, competente en virtud de la naturaleza del delito y las normativas para el tiempo de guerra para llevar adelante el juicio, se encontraba formado por siete jueces y presidido por el teniente coronel de la Guardia Republicana Albert Ernest Semprou e integrado por dos capitanes, dos tenientes y dos subtenientes.

Durante el juicio, el fiscal dirigió su actividad a probar que Mata Hari había mantenido relaciones con distintos oficiales de los ejércitos aliados y que había utilizado esos contactos para obtener informaciones militares que pasaba al enemigo. No consiguió más probanzas que simples indicios, pero a la defensa no le fue mejor: los testigos que podrían haber declarado a favor de Mata Hari, invariablemente se excusaron alegando que no la conocían. Sólo Jules Cambon, embajador de Francia en España, declaró a su favor.
En el alegato de cierre, su abogado defensor postuló, técnicamente, que únicamente se había probado en el juicio que Mata Hari había sido, simplemente, una prostituta de lujo, entre cuya clientela figuraban muchos de los más altos políticos de Francia y una nutrida representación del ejército francés y de otras fuerzas aliadas, pero no una espía al servicio de Alemania. Más vulgarmente, la acusada expresó: “He sido una cocotte, sí, pero nunca una traidora a Francia”. El fiscal entendió, de su parte, probados todos los cargos

El escándalo de su proceso y su condena a muerte no fue sino una distracción políticamente oportuna, que reunía los requisitos del momento para calmar las protestas populares, por los fracasos militares, poniendo al descubierto a esta mujer extranjera y libertina, acusada de alta traición y de engaño al estado.

Lo más probable es que Mata-Hari, o mejor dicho, Margaretha Geertruida Zelle, haya sido una mitómana, una bailarina mediocre que a causa de sus muchos enredos y mala fama, fue un chivo expiatorio fácil y por eso condenada a morir a los 41 años, ante un pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes, hace ya un siglo.

 

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