ABANDONEMOS TODA ESPERANZA: Una impecable osadía teatral

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 En Andamio 90 se presenta “Abandonemos toda esperanza” de Alfredo Martín, una osada versión de “En Familia” de Florencio Sánchez que logra darle un mayor contraste dramático al clásico de Sánchez.

 

Por Roberto Famá Hernández

Miembro de la Asociación Arg. de Invest. y Crítica Teatral

 “Abandonemos toda esperanza” de Alfredo Martín, una osada versión de “En Familia” de Florencio Sánchez que logra darle un mayor contraste dramático al clásico de Sánchez. Lo logra no sólo cambiando algunos textos, también tuvo el atrevimiento de agregar personajes a la obra y si uno no tiene en la cabeza memorizada toda la obra, no sabe bien cuál línea de diálogo es de Sánchez y cuál es de Alfredo Martín, porque lo que logra es una amalgama perfecta, un atrevimiento que es para celebrar.

Alfredo Martín asumió también la dirección y puesta en escena con un sólido elenco encabezado por Marcelo Bucossi que, una vez más, nos da una clase magistral en cada escena, personificando a Jorge, el padre ludópata y corrupto que arrastra a su familia a la disolución. Destacada actuación de Lorena Szekely, justa, medida, sin desperdiciar ni un solo silencio, en el agregado personaje de la empleada doméstica.

Otro acierto muy valorable es el vestuario y la escenografía, muy propios y cuidados ambos hasta el mínimo detalle porque, como acostumbra Alfredo Martín en todas sus puestas, ni siquiera la mínima utilería está sin una razón de conjunto.

La idea de que es lo social lo que corrompe al personaje del padre, que es ideológicamente muy coincidente con el pensamiento anarquista de Florencio Sánchez, queda subrayada por Alfredo Martín cuando en su escritura a corrido la acción a 1930, año en que la corrupción contaminaba todo. La metáfora es mucho más clara; lo individual refleja lo social. Si una sociedad es corrupta es porque sus componentes se han corrompido. La crisis es moral.

Efectivo trabajo interpretativo de Mariano Falcón recreando a Eduardo, el hijo más débil, enfermo; un personaje difícil de interpretar al que supo darle la intensidad justa. Alfredo Martín ha resaltado el conflicto de este personaje llevándolo hacia otro final diferente del que asume en la obra de Sánchez y Falcón asumió la responsabilidad de lograrlo sin falsear al personaje original.

En “Abandonemos toda esperanza” se suman dos personajes que no pertenecen al original y es otro arriesgado acierto que va en el mismo sentido; subrayar el conflicto.

Abusando de la gentileza de Alfredo Martín, café mediante desgranamos algunos aspectos de esta notable osadía teatral y aquí está lo que conversamos:

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 “Abandonemos toda esperanza” título elegido por vos, que nos rememora la famosa frase del Dante a las puertas del infierno: ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!  es el primer tema sobre el que te pido que hablemos.

El no hay esperanza tiene dos vectores: en este hijo mayor que termina diciendo: “Ya no sos mi padre” rompe el vínculo y a partir de allí lo llama por su nombre:  “… lo peor de todo es que me robaste la esperanza” le dice. Y por otro lado, Eduardo, el otro hijo enfermo, neurasténico, estigmatizado, también se queda sin esperanza alguna cuando se va la única persona que lo trataba como a un ser humano. En los dos está la lectura de la falta de esperanza.

La voz de un autor siempre se refleja un poco en todos los personajes, pero  ¿en cuál de estos personajes crees vos que está más clara la voz de Florencio Sánchez?

Está repartida en todos, sí, pero creo que hay mucho de álter ego en el personaje de Jorge, el padre, en el cinismo del personaje Florencio Sánchez pone mucho de su pensamiento y con la revelación del infierno del Dante, que él la dice en el texto, lasciate ogni speranza oh voi che entrate, afirmando que la célula primaria de la sociedad, la familia, puede llegar a convertirse en un corral, donde no hay jerarquías, en un sálvese quien pueda, puede terminar siendo un infierno. Yo leí la pieza varias veces y creo que en Jorge está la voz de Sánchez y se complementa con el personaje de la madre. Ahí estarían para mí las dos líneas de pensamiento, y los demás van y vienen reforzando sobre eso.

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En 1905, año en que escribe esta obra, Florencio Sánchez gana mucho dinero; en Europa vende los derechos de “Los Muertos” cobra, se va a Niza y a los 15 días no le quedaba un peso y también, era de pedir prestado a todo el mundo. No sé si jugaba pero tendría quizás, algún desarreglo de conducta similar al de su personaje Jorge.

Dicen que él se administraba muy mal, no tenía prevención de un futuro, permanentemente estaba gastando cuanto tenía, vivía de una manera muy ubicua, iba de acá para allá, había algo que no terminaba de armarse en su carrera.

En 1905 él ya sabía que estaba irremediablemente enfermo ¿no habría en esa conducta un intento de ganarle tiempo a la poca vida que le quedaba?

Él estaba enfermo, lo sabía, lo que no sabía era cuando se iba a morir ni que gravedad tenía su estado, pero la tuberculosis era en ese tiempo un estigma fuerte y era una enfermedad crónica que en algún momento lo llevaría a la muerte. Él vivía con ese estigma encima y es posible que no pudiera avizorar un mañana a largo plazo y estaba permanentemente tratando de saldar lo inmediato, de vivir todo rápido.

Dejemos un poco a un costado a Florencio y veamos tu trabajo con esta obra. Un trabajo que es de una gran osadía, un atrevimiento y un riesgo estético que superaste ampliamente y que celebro porque es muy bueno. ¿Qué cosas de la obra de Florencio te esforzaste por no trastocar y que otras viste que necesitabas sumarle con estos cambios?

A mí me parecía que había algo en la metáfora que plantea Florencio Sánchez en la obra, que tenía una potencia y una contemporaneidad muy fuerte. En algún otro momento conversábamos y yo te decía que la familia disfuncional ya estaba planteada en 1905 con Florencio Sánchez. Una familia que en lugar de tener una filiación por el amor y el orden, hay una filiación por el vicio y la miseria. Me pareció que esa metáfora, de una familia de clase media, con una doble moral, había que reapropiarla y escribir a la luz del impacto que puede tener hoy, pensar esta familia, su decadencia, y su correlato social. Al reapropiarla, escribí un corrimiento hacia 1930, donde en lo social, podíamos ver que también había una decadencia; una época glamorosa en un sentido y podrida en otro; fraude electoral, golpe de Estado, la prensa levantada contra el gobierno, conspiración, todo ese caldo de cultivo social, se correspondía muy bien con lo que estaba pasando en esta familia. Lo que hice fue radicalizar los conflictos familiares, llevarlos al límite de lo dramático.

Sí, la tragedia está latente todo el tiempo.

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Vos mirando la obra sabés que la tragedia se desata en cualquier momento y siempre el hilo se corta por lo más delgado y el punto más débil es el personaje de Eduardo. Es el más sensible a la situación que se vive en esa casa; él ya sabe que el padre es lo que es, lo que averigua ahora, es que el padre es aún peor y que  pierde el único refugio que le quedaba.  El otro personaje que ayuda a radicalizar el conflicto, es este cafisho que viene de afuera del ámbito familiar, que es una especie de secretario acomodado de un diputado y luego del presidente del Club el Progreso, al que en esa época iba mucha gente de sociedad, y que viene a extremar el conflicto de la hija mayor que arrastra a la menor también.

En el original, las dos hijas mujeres se espejan mucho, no se contrastan entre sí.

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Claro, yo amplíe ese contraste y sobre el final quedan las dos más o menos emparejadas por este personaje que las va captando, a una  y a otra.

Y nos queda el otro hijo, Tomasito, el menor en el que no hay un cambio, no hay un proceso de corrupción en él.

No hay un cambio porque encarna la continuación del padre, pero desde la cuna, está contaminado de entrada, es la juventud perdida. No es como Jorge, el padre, que fue bueno y después la sociedad lo convirtió en un demonio. Tomasito tuvo directamente la escuela del padre y lo que hice fue darle una mayor carga que la que tiene en la obra original. Quise que fuese mucho más presente su perversión desde un principio y su condición de que no le importa nada, no hay culpa en este personaje.

Eso también lo diferencia del padre.

Podemos decir que el padre es un hipócrita, el hijo ya es un cínico. A mí me interesaba mucho esto porque hay un discurso de lo social de nuestros tiempos en esta diferenciación entre hipócritas y cínicos.

Me parece que en tu trabajo el personaje de la madre aparece un poco más inocente, más contemplada que en el original.

Por el lugar de la mujer en esa época. Yo pensé que debía tomar una decisión, o es una histérica que vive quejándose pero no hace nada o es una mujer que tiene una lectura lúcida de la realidad pero por su condición de mujer no puede hacer el corte necesario, ya sea para cambiar eso o para tomar distancia y en 1930 el lugar de la mujer era acompañar a su esposo. Para que una mujer tome la decisión social debía estar muy justificada socialmente para hacerlo. Me parecía que le aportaba mucho a la obra si era una mujer que ve la realidad, es lúcida frente a eso, pero aun así seguir adelante con una espada de Damocles sobre la cabeza que le iba a caer en cualquier momento. Ayudaba con eso a que la narración sea más dramática y lograra mayor identificación con quien la ve.

Y siempre aparece el humor irónico, no lo gracioso, sino el humor crudo.

Al extremar los conflictos, hay algo de lo escandaloso, de lo desopilante que hace que adquiera mucho humor.

Hay otro juego de conflicto secundario que es el de Delfina, que se somete a la voluntad del marido, tan empeñado en reemplazar a su padre en la administración de la casa, sin poder reaccionar mucho y queda enredada en una historia que no le pertenece.

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Es un parecido al de Mercedes, la madre, pero con diferencias; por amor acepta este destino que le propone el marido, que es poner entre paréntesis el proyecto de vida que tenían.

Pero hay un punto referencial de este conflicto secundario que es cuando ella trata de advertirlo de que es una locura lo que intenta y él le dice: – tené cuidado porque estás hablando de mi familia – Olvidando Damián que ahora su familia es él y su esposa, ya no lo es la familia paterna.

Exactamente. Ese punto tiene mucho que ver. ¿Cuál es tu familia? ¿Tu familia de origen o tu familia elegida? Justo da ahí, eso es lo loco, que él termina consagrándose a la familia de origen, hasta que pone límite rompiendo el vínculo con el padre.

 

“Abandonemos toda esperanza” se presenta los domingos a las 20 en Andamio90 de Paraná 660 CABA. Le recomiendo fervientemente que no deje pasar la oportunidad de asomarse a esta historia “en familia” le aseguro que verá  un clásico absolutamente renovado, hecho con mucho respeto por la obra de Sánchez y por usted. Es también una cita ineludible para todo estudiante de teatro y profesores de nuestra literatura.

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