Espacios de arte “Clandestinos” con contraseña y buen vino.

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Como en los años 60 o 70, se afirma cada vez más, en Buenos Aires y en algunas ciudades Europeas, la tendencia de exponer obras de arte en espacios casi “clandestinos”.

 

Antiguas casa deshabitadas prestadas por una noche, galpones vacíos y hasta oficinas desocupadas, actúan como “galerías clandestinas por única vez” a las que se accede por contraseña, con reserva previa de entrada paga, para disfrutar de unas horas junto a artistas, coleccionistas, invitados, intelectuales y algunos periodistas, que comparten charlas, junto a obras de un solo artista o de varios, algún bocado gourmet, algo de música en vivo y buen vino.

Una reinvención bohemia, en clave un poco clandestina, facilitada por las redes sociales que hacen posible la promoción de estos eventos entre grupos de afinidad. Generalmente se convoca por mensaje privado con mayor éxito, entre aquellos participantes que habitualmente postean comentarios inteligentes en diferentes páginas o demuestran un interés afín al del organizador del evento.

Habitualmente se extiende la actividad de dos a tres horas y se incluye hacia el cierre, la participación  de músicos o la lectura de textos breves o incluso algún número de danza árabe, porque es también parte de la tendencia, el vincular diferentes disciplinas artísticas. El valor de la entrada no es alto, por el contrario, se trata de compensar apenas los gastos, porque la intención es ir promoviendo modelos de acercamiento y participación, mayormente para nuevos talentos dentro de la escena artística local, junto a nuevos públicos o intelectuales, críticos o artistas ya consagrados. Se trata de derribar de manera amena y cordial cualquier muro que separe la obra de arte de su gran protagonista;  el observador.


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