JOAN MIRÓ: Llega una gran muestra desde el Reina Sofía de España al Bellas Artes

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El Museo Nacional de Bellas Artes inaugura el 25 de octubre, a las 18, la muestra Miró: la experiencia de mirar, que se centra en el trabajo del artista catalán Joan Miró (1893-1983) durante las dos últimas décadas de su vida.

 

La exhibición presenta cincuenta obras, realizadas por Miró entre 1963 y 1981, pertenecientes a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de España, con curaduría de Carmen Fernández Aparicio y Belén Galán Martín, bajo la dirección de Manuel Borja-Villel y Rosario Peiró.

“La obra de madurez de Miró reformula su apuesta al colocar su pasado bajo la óptica de un futuro incierto e invita a sumergir la mirada en una reflexión sobre qué significa en nuestra cultura capturar y comprender las formas del mundo”, sostiene Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes. “ En este conjunto de piezas, intenta responder a una pregunta sobre la traductibilidad de una obra, sobre su devenir en el pasaje entre diversos soportes –la pintura, la escultura, la imagen en movimiento–, hasta conjugar su relato de base en una nueva naturaleza”, agregó.

Miró, quien desde los años 20 se mantuvo en el centro del devenir del arte moderno vinculado a los círculos parisinos de vanguardia, inicia hacia mediados de la década del 50 un proceso de introspección, en el que alcanza la máxima simplificación de su universo. En 1956, el artista se traslada a su nuevo estudio de Son Abrines en Mallorca, diseñado por su amigo Josep Lluís Sert. En el taller-vivienda, reúne por primera vez la totalidad de su producción, lo que le ofrece la posibilidad de revisar y redefinir, directamente, toda su obra.

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En esta época, parte de un motivo casual o fortuito, que puede ser una mancha, una gota, una huella, un objeto encontrado o un elemento natural, recreando, por medio de este impulso, un tema frecuente en su obra: la representación de la naturaleza y de la figura humana. “Miró supera la realidad como referente para convertirla en materia y signo, y construye un lenguaje simbólico esencial que emplea en la resolución de problemas plásticos”, señala el texto curatorial que acompaña la muestra.

La exposición Miró: la experiencia de mirar permite acercarse a esta renovación de su pintura, en la que el artista intensifica el trabajo directo en el lienzo, abordando los grandes formatos e incidiendo en las posibilidades del gesto y las cualidades del material. Se encamina así a una simplificación, tanto en la definición de la forma como en el uso del color, para conseguir –según lo que el propio artista declaró en 1959– que “las figuras parezcan más humanas y más vivas que si estuvieran representadas con todos los detalles”.

La exposición –que viajará en marzo de 2018 al Museo de Arte de Lima, del Perú– presenta 18 pinturas,6 dibujos, 26 esculturas y dos filmes: Miró parle (Miró habla), de 1974, del fotógrafo y realizador francés Clovis Prévot, que incluye una profunda entrevista al artista, realizada en 1972, en Palma de Mallorca, por Pere Portabella y Carles Santos, en la que el pintor repasa toda su carrera; y el cortometraje Miró l’altre (Miró, otro), de 1969, dirigido por Portabella, una de las piezas más importantes de la filmografía dedicada al autor, que documenta la composición y posterior destrucción por parte del artista de un mural sobre la vidriera del Colegio Oficial de Arquitectos de Barcelona.

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El catálogo que acompaña la exposición, editado por el Museo Nacional de Bellas Artes de la Argentina, el Museo de Arte de Lima, del Perú, y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de España, se propone actualizar, en el siglo XXI, las lecturas sobre la producción artística de Miró y su posicionamiento ante las inflexiones de la historia. La publicación reúne textos curatoriales producidos por el Museo Reina Sofía, el ensayo “Joan Miró y la solidaridad con Chile”, escrito por la historiadora del arte Andrea Giunta especialmente para esta ocasión, y el artículo “Los proyectos de Miró”, del investigador Charles Palermo. Como ya es habitual, el equipo educativo del Bellas Artes prepara una serie de actividades que sesumarán a la programación para introducir a los visitantes en el universo del artista catalán. Habrá visitas guiadas a la muestra, actividades especialmente diseñadas para chicos, y talleres participativos para adultos y toda la familia.

La obra de madurez de todo gran artista puede pensarse como una elegía a su propio derrotero, donde, en una ojeada retrospectiva, aquel entregaría un balance conciso y depurado de su concepción. Es decir, estaría ofreciendo un posible cierre a sus propias lecturas del mundo de las formas, que lo deja estabilizado en un sitial de consagración basado en lugares de eficacia ya probada. Sin embargo, algunos creadores como Joan Miró han reformulado su apuesta al colocar su pasado bajo la óptica de un futuro incierto. Lo que hacen, imprevistamente, es conmover el continente visual que abrieron, invitando a sumergir la mirada en una reflexión sobre qué significa en nuestra cultura capturar y comprender las formas del mundo.

En ese sentido, la exposición Miró: la experiencia de mirar –que no casualmente juega en su título con el verbo conjugado en pasado del nombre propio del artista catalán– propone una inmersión en su universo conceptual dominado por el enigma de la analogía. Porque en este conjunto de piezas, Miró intenta responder a una pregunta sobre la traductibilidad de una obra, sobre su devenir en el pasaje entre diversos soportes –la pintura, la escultura, la imagen en movimiento–, hasta conjugar su relato de base en una nueva naturaleza. En las obras, como se puede adivinar por sus títulos, laten los restos de un mito olvidado en el que la mujer-pájaro, simbiosis entre naturaleza y cultura, atraviesa distintos avatares formales; ciertos trazos la definen solo por su vínculo con la traducción a otro registro. Es el pasaje del dibujo a la escultura. Y a la imagen en movimiento.

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La mayoría de estas obras encadenadas por el misterio de la analogía muestran personajes abstractos a los que se ha sustraído deliberadamente el drama que los habita. A esas figuras mitológicas se las ha despojado de relato; quedan suspendidas en un instante de peligro donde su más plena fragilidad visual, carente de sustento, las pone al borde de la desaparición. Se abre, así, la posibilidad de interrogarnos por el acto mismo de mirar, en tanto la potencia del lenguaje pictórico reproduce el mundo de las formas al convertirse en objetos de una materialidad contundente. Los trazos cada vez más sueltos, frutos de momentos de trance que Miró persiguió toda su vida como condición creativa, anudan aquellos órdenes de los que procede todo relato: el diálogo entre naturaleza y cultura. Porque qué otra cosa que una puesta en cuestión de la cultura se requiere para entrar en trance y dejar hablar a la pura naturaleza, es decir, retornar a la naturaleza física, al cuerpo, en su pura desnudez, de la que provenimos, y lograr que diga nuestro presente con inocencia y sugestión.

Miró opera sobre la imagen, a la que reduce a un enigma, el mismo tipo de despojamiento que Occidente aprendió a leer en lo que denomina “Oriente”. Pues si hay un artista equiparable a las iluminaciones del budismo zen es Miró, con su simplicidad, con su apertura a una dimensión que prescinde de delimitaciones de sentido, y que, por ende, nada en las arenas del mito con libertad absoluta. De allí que pueda considerarse su obra última, que conforma esta exposición, como un ademán, como un gesto, más que como la formulación de una tesis sobre el mundo. Lo que hay en él son preguntas, esgrimidas sobre la tela con trazos simples, a las que se agrega una incógnita imposible de despejar, pero no por ello menos elocuente. Sus esculturas están allí para señalar algo que aún no acontece, pero que sin duda está relacionado con el pasaje a imagen plana, traducidas a un código que las excede, pero que las completa.

La potencia de su estilo acaso estribe en este anclaje final en el que la postulación de un arte reducido a su carácter casi prelógico se vuelve un ansia de refundación de la mirada en Occidente.

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