Libros: DEL MUNDO QUE CONOCIMOS: de Abelardo Castillo

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antologia-abelardo-castilloLa Antología personal de cuentos de Abelardo Castillo, elegidos y prologados por el autor. Una selección personal de sus cuentos preferidos, los que rescata después de una larga y fructífera carrera literaria de décadas.

Un canon de la narrativa argentina no podría soslayar, junto a Borges y a Cortázar, la obra de Abelardo Castillo. Del mundo que conocimos traza un mapa personal de sus relatos. Desde el ya clásico e inolvidable “La madre de Ernesto” -que inauguró en 1961 su primer volumen de cuentos- hasta algunos de los últimos publicados, este libro reúne quince piezas -elegidas y revisadas por el propio autor- que arman una totalidad nueva: un itinerario tan particular como imprescindible.

«Las palabras no podían corromperse; no eran cosas. Las palabras eran el origen y el espejo de las cosas.»

«Estos relatos son, por decirlo así, mis preferencias. Dibujan a su modo una especie de autobiografía, que no debe buscarse en las anécdotas, sino en lo “indecible”, en lo que cada historia significó para mí en el momento de escribirla.»

Abelardo Castillo cree en la literatura como testimonio, como modo de conocimiento y lúcido compromiso con la historia, y, antes que nada, como acto poético. Este libro es una cita impostergable con la obra de uno de los más notables y más leídos escritores argentinos, pero es sobre todo una invitación irresistible a encontrarse con algunos de los mejores cuentos de la literatura en nuestra lengua.

DEL MUNDO QUE CONOCIMOS (Fragmento)  Abelardo Castillo

Prólogo

Del mundo que conocimos no es, no quiere ni simula ser un libro nuevo. Es apenas un nuevo libro. Estas mismas palabras las escribí en el prólogo de El cruce del Aqueronte (1982); éstas y casi todas las que le siguen. Me siento con el derecho de repetirlas porque ese libro ya no volverá a publicarse. Le debo esta aclaración al lector atento, si es que esa especie, como tantas otras, no se ha extinguido en la Argentina. O se la debo a mi lector, suponiendo que el pronombre posesivo no suene aquí algo delirante o descomunal. En todo caso, me la debía a mí mismo: a una cierta ética que no toca solo a la literatura. Cunden en nuestro país, desde hace tiempo, libros colecticios y residuales donde, sin aclaración alguna, se imprimen en distinto orden y con nuevo título textos que ya parecían repetidos en su primera edición. Este género, que podría denominarse “sobras completas”, lo fundaron ensayistas de pensamiento inmóvil y no era criticable. Todos, al fin y al cabo, vivimos repitiendo las mismas ideas: tomarse la molestia de cambiarles la sintaxis es, bien mirado, una ilusión. Lo grave es que algún autor de ficciones vio las ventajas del procedimiento. Los editores no suelen apasionarse por reimprimir una obra; la aceptan o se les pasa por alto, si el autor le cambia el nombre. Recuerdo un narrador de mi generación, excelente por lo demás, que antes de cumplir treinta años ya había publicado tres veces el mismo y su único libro con la sola invención de agregar un cuento y superponerle tres títulos.

Quiero quedar en paz con quien me lea. Libros de cuentos, yo sólo he publicado cinco: Las otras puertas, Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche, El espejo que tiembla e integran un ciclo cuyo título general es Los mundos reales. Del mundo que conocimos no pertenece a esa obra: es un mapa personal o selección a la que deliberadamente no voy a llamar antología. Ya se verá por qué. He ordenado estos relatos como si fueran un libro autónomo, es decir, una totalidad. La unidad de efecto, de la que hablaba Edgar Poe, vale no sólo para el cuento sino para el libro de cuentos.

Creo en la literatura como testimonio; creo en la literatura como arte. Ontofanía, modo del conocimiento, lúcido compromiso con la historia, pasadizo que desemboca en el sueño o la locura, escribir ficciones es para mí, antes que nada, un acto poético. La belleza y la forma son la verdad y aun la subversión de un texto: el cuento, ya lo vio Faulkner, es justamente el género donde el prosista toca a veces ciertos límites de la palabra. Por supuesto, no ignoro la distancia que va de Los hermanos Karamázov o Guerra y paz a “El capote” de Gógol, aunque el propio Dostoievski —y seguramente también Tolstói— pensara que toda la literatura rusa sólo aspiraba a repetir “El capote”. Lo que no veo tan claro es la diferencia entre la obra total de un Chéjov o un Maupassant y la de cualquier vasto novelista. No digo esto para justificar o privilegiar un género que no sé si es el mío, ya que no soy del todo ajeno a la novela, sino a modo de perífrasis: para explicar, por fin, por qué este libro no es ni pretende ser una antología. El peor antólogo de un escritor es él mismo; elige sus textos pensando en lo que cree ser, o en lo que le gustaría que el lector creyera que es. La palabra antología, apagado ya el floral aroma griego que la hacía ingenuamente metafórica tiene, hoy, cierta cóncava sonoridad de museo. Supone una elección fundada en méritos; supone un juicio de valor. Infunde la sospecha de que estamos en presencia de lo que es como debe ser. Esto impide que un escritor sea su propio antólogo. No puede serlo sin ser su propio apologista.

A tantos años de mi primer libro, creo saber, como cualquier narrador que haya meditado sobre su literatura y la ajena, qué es un buen cuento, aunque sea mío, y puedo confesar que no todas las páginas de Del mundo que conocimos cuentan con mi aprobación crítica. Alguna vez leí que para un escritor existe una consoladora posteridad presente: la crítica extranjera, las traducciones. No creo del todo en estos simulacros de inmortalidad. Marechal y Arlt nunca fueron traducidos en vida. No obstante, si es cierto que las traducciones, las antologías hechas por otros, el juicio desinteresado de quienes nos ven con lejanía, tiene algún valor, varios de estos cuentos no estarían de más en una selección rigurosa. Como sea, el criterio con el que pensé este libro es otro. Es algo más personal. Estos relatos son, por decirlo así, mis preferencias. Dibujan a su modo una especie de autobiografía, que no debe buscarse en las anécdotas, sino en lo “indecible”, en lo que cada historia significó para mí (verbal o humanamente) en el momento de escribirla. Hay páginas que son como mojones; otras, como saltos en el vacío. Un gran dibujante, Hermenegildo Sabat, me mostró una tarde un cajón que estallaba de caricaturas y monstruos. “Llevate los que quieras”, me dijo, “a mí me sirven para recordar el humor que tenía cuando los hice”. Lo que intento decir es algo así. Hay cuentos, en efecto, que son cuentos; y hay espejos, fotografías agrietadas, jirones de pesadillas o alegrías de alguien que es otro. Yo podría explicar por qué cada una de estas historias es representativa de algo: esa explicación apenas tendría que ver con la literatura. Tengo además la esperanza consoladora de que más de un lector lo descubrirá por sí mismo.

Sólo quiero detenerme en algún cuento. La idea de “La madre de Ernesto”, acaso mi cuento más conocido, no es mía. Un amigo de la adolescencia, César Nicolás Farabollini, me la contó una tarde, en la cocina de mi casa, en San Pedro. “Por los servicios prestados” fue escrito bajo la dictadura militar. Se publicó en la revista El ornitorrinco en 1979 como un homenaje inverso a las conmemoraciones castrenses de la campaña del desierto. Hacia 1992, después de publicar la novela Crónica de un iniciado, creí haber descubierto que no escribiría más ficciones. Una madrugada de insomnio encendí la computadora y me puse a analizar con mi vetusto Chess Master para D.O.S. viejas partidas mías de ajedrez. En la jugada 11 de un ataque Max Lange recordé que, en un torneo, después de haber hecho esa tremebunda jugada, yo podría haber salido de la sala de juego, matar a toda mi familia y, al volver, mi rival habría seguido pensando. Momento en que cerré el programa, abrí mi Word Perfect 5.1 de antes del Diluvio, y de un tirón, con un teclado sin ñ, ante una pantalla negra, escribí “La cuestión de la dama en el Max Lange”. “El tiempo de Milena”, su origen, fue un sueño, o mejor, tres o cuatro ráfagas de sueños, discontinuos, en una semana de fiebre. La palabra sueño es inexacta. Yo estaba despierto mientras Milena, que todavía no se llamaba Milena, se materializaba a su capricho en algún lugar entre mi cama y el cielo raso, lugar que era, al mismo tiempo, mi dormitorio y los años sesenta y el bar La Comedia y un puente sobre las vías y el Parque Lezica y el paso del Tiempo y la comisaría Quinta, donde le oí decir a Milena con toda claridad que los derechos adquiridos no se pierden. “La fornicación es un pájaro lúgubre”, pese a su título y al escándalo deliberado de su prosa es, me han dicho, una historia muy moral. Tal vez sea menos divertido de lo que parece. Tal vez sea todo lo contrario de lo que parece. Lo empecé a escribir el diez de junio de 1980, como un homenaje a Henry Miller. Más de un año después, cuando lo terminé, resultó ser también un homenaje a Poe.

Nietzsche pensaba que un buen método para combatir la invasión de libros innecesarios era juzgar a sus autores con el mismo rigor que a los criminales peligrosos. Tal vez por eso, los escritores de otras épocas solían apelar, en sus prólogos, a la indulgencia del lector. Es exactamente lo que yo estoy haciendo ahora.

ABELARDO CASTILLO

 

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