Lido Iacopetti 81 años no deja de pintar y dona la mayor parte de sus obras: “El arte debe ser popular”

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iacopetti“Si no hay imaginación, no hay cultura”

Lido Iacopetti y la pintura considerada como una función social. El arte presentado en escuelas, hospitales y clubes de barrio. Un maestro reconocido por la crítica que, sin embargo, descree del mercado. 
Gentileza de EL DIA www.eldia.com

Por MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

Hace más de sesenta años que el platense Lido Iacopetti (81) no deja de pintar o dibujar Cinco horas por día y muchas más cuando se entusiasma. Sus obras, literalmente, se cuentan de a miles, pero se trata de un pintor que se resistió siempre a hacerse ver, aún cuando sus cuadros son como proclamas coloridas y modernas, teñidas por una contemporaneidad permanente.

HACE MÁS DE 80 AÑOS QUE LIDO IACOPETTI PINTA, O DIBUJA, AL MENOS CINCO HORAS POR DÍA

Hace tres décadas uno de los mayores especialistas en crítica e historia del arte, Angel Nessi, dijo de él: “Después de veinte años de tarea larga, ímproba, sacrificada y expresamente silenciosa, este pintor subliminal comienza a hacerse visible, a penetrar en el centro de interés, sin que todavía la crítica que lo menciona y a lo mejor considera –y quizá tampoco la autocrítica- hayan captado la interioridad de su mensaje”.

Iacopetti dona la mayor parte de sus trabajos desde casi siempre, porque cree que la pintura existe para otra cosa, “para cumplir una función social”. A esas donaciones él las llama “ofrendas artísticas”, en beneficio de escuelas o clubes de barrio: “no lucro con la pintura, no estoy en el mercado y lo hago porque pienso que eso podría perjudicar mi obra”.

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De modo que pinta sin parar, aunque sus pinturas –ya solas- se cotizan alto, en forma natural. “Soy fiel a lo que dijo Alexander: “Cuando un hombre tiene que cumplir una importante misión de belleza, la cumple sin que le importe cómo vive y cómo ha de morir. La vida se convierte en su esclava y hasta la ofrece la última renta y el lecho de muerte. Todo se subordina a la obra”, dice.

En estos días termina de cumplir un rito que cumple hace treinta años: dibuja almanaques en beneficio de Pro-Infancia, una fundación relacionada a la Casa Cuna. El año pasado la venta de almanaques reportó una ganancia de 60 mil pesos. “Este año venimos mejor, la venta va a superar una recaudación de 100 mil pesos”, un dinero que se convierte luego en becas para que los chicos puedan cursar el nivel primario. Los coloridos almanaques son cuadernos de cuatro páginas, con dibujos de Iacopetti, uno por cada trimestre del año. Valen 50 pesos y los venden en la Casa Cuna.

De modo que por 50 pesos cualquiera puede contar con cuatro cuadros de un pintor que fue admirado por colegas como Antonio Berni o Nelson Blanco. “No viví de la pintura, sino de la cátedra. No critico a los que lo hacen. Yo elegí este camino. Siempre me gustó poner pinturas en la calle. El arte debe ser popular”.

Así como Juan Bautista Alberdi sostuvo que no puede existir un país sin una teoría previa que lo nutra y sostenga, que le marque un rumbo, Iacopetti siempre pensó que la mejor base de una pintura es la teoría que le da certezas: “fui durante décadas profesor de Historia del Arte, siempre me gustó la teoría, ella sirve también para saber en dónde está parado uno”.

No se debe bajar el nivel del arte a las masas, sino subir el nivel de las masas al arte

Admirado por Jorge Romero Brest, la teoría y la práctica de Iacopetti no sólo le enseñaron que “pintar es algo mágico”, sino que “no se debe bajar el nivel al arte de las masas, sino subir el nivel de las masas al del arte”. Alguna vez había dicho también en este diario que “arte popular no es hacer baratijas, no es pintar a una persona con una ametralladora en la mano. Es hacer que la gente crezca. La propuesta mía, el compromiso, es acercar la pintura a los desposeídos. Y la gran torpeza es no comprender la verdadera esencia de la vida, basada en el amor y la libertad”.

Elogiado, entre muchos otros, por el crítico francés de arte, Michel Tapié, su obra se expuso en las principales galerías de Buenos Aires y sus pinturas comenzaron a caminar solas, donadas por Lido urbi et orbi, ya no recuerda a quién , para terminar en las colecciones de museos de Italia, en Paris y Nueva York, de Venezuela o Perú. En su casa de La Plata, donde vive hace décadas con Teldy, su mujer-musa, unas 2.600 pinturas y dibujos ocupan el luminoso taller y también el lavadero y otras dependencias.

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Conjunción cósmica Oleo sobre tela 120 x 120 cm 1999

En esa casa existe una cicatriz que no se borra: la de la inundación del 2 de abril. Hace cuatro años un metro y medio de agua invadió esa casa ubicada en pleno casco urbano. “El agua dañó a unos 180 cuadros y pude rescatar a unos 80: hice una exposición que se tituló algo así como “los cuadros intervenidos por la inundación” y se vendieron todos en la subasta”. En algunas paredes de la vivienda persiste la línea demarcatoria del desastre que afectó a todo el barrio. Teldy se ocupó de restaurar una alacena de algarrobo que está en el living.

Iacopetti es hijo de Gino, un operario italiano nacido en Pistoia que llegó a la Argentina y se afincó primero en Rosario y luego en San Nicolás, donde trabajó como un calificado especialista en laminación. Sin embargo, las necesidades económicas rodearon su infancia y juventud: venido a La Plata para estudiar en Bellas Artes, Lido trabajó en una fábrica de margarina en Echeverry, luego como auxiliar en una empresa de micros, empleado en el frigorífico Armour, después como vendedor callejero y más tarde en una fábrica de soda: “todos trabajos temporarios, hasta que me estabilicé como preceptor en el Colegio Nacional y luego, ya graduado, como profesor”.

Vivaz en la conversación, ágil para subir escaleras y mover cuadros cuando llega Cesar Santoro, el fotógrafo, Iacopetti no duda cuando se lo indaga por sus pintores preferidos. Los nombra de corrido, como si hubiera estado esperando esa pregunta: “Van Gogh, Xul Solar, Berni, Gambartes”.

EL ARTE

Cuando habla de su oficio, los ojos de Iacopetti se humedecen, brillan con otra luz. “Una sociedad sin imaginación artística es una sociedad sin destino…Y si no hay imaginación, no hay cultura…Cultura basada en el amor…Claro que me hubiera gustado a mí proyectarme más, pero no para buscar una publicidad, digamos, personal… Nunca busqué la promoción…Yo sé que me muero hoy y que mañana no hay más Lido…Por eso trabajo para la humanidad, no para mi historia personal…”.

Se le recuerda un texto de Unamuno, cuando diferencia a los intelectuales y artistas entre los que buscan la fama y los que, en cambio, aspiran a la gloria, considerada esta último como un destino carente de recompensas materiales. “Claro, es eso…Yo siempre pensé que una cosa es el circo artístico y otra muy distinta el arte…”. Y sugiere que “se podría dividir entonces a los artistas en dos grupos: a los famosos, por un lado y, por el otro, a los que buscan crear una cultura”.

Admite que su más íntima filiación política está marcada por el socialismo argentino, representado en su momento por figuras como las de Alfredo Palacios, Nicolás Repetto o Enrique Dickmann. “A Palacios lo admiré profundamente. Era como una montaña para mí, y así lo imaginaba yo, hasta físicamente, como un tipo alto, casi monumental. Y una vez lo vi cuando fue de visita al Colegio Nacional, donde yo trabajaba. Me sorprendí cuando vi que era más bajito que yo…”.

LA PLATA

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Ya buen dibujante en San Nicolás –su padre también lo era- llega a Bellas Artes y comienza su aprendizaje con Héctor Cartier, pero rápidamente decide cambiar de carrera y rumbear para historia del arte. “Recuerdo que cuando era chico me atraparon esos cuadros de Molina Campos, me marcaron mucho y de allí debe venir mi afición por la pintura de almanaques, en la que todavía sigo”.

Cuando llegó a La Plata se enamoró de los jacarandás en flor y después de toda la ciudad

Dice que cuando llegó a La Plata, “primero me enamoré de los jacarandás cuando florecen, después me enamoré de toda la ciudad y, finalmente, me enamoré de Teldy…”, con la que tuvieron dos hijos varones, Valerio, médico; y Flavio, economista. Ambos viven en La Plata, ciudad a la que hoy considera como suya pese a su infancia nicoleña.

Sería imposible detallar la cantidad de muestras y exposiciones realizadas por Iacopetti en comercios, clubes, galerías y museos, así como los premios –a pesar suyo- recibidos. Su creatividad no tuvo ni encuentra límites. En la década del 70 creó las “imigrafías” que son papeles doblados o recortados con grafismo en serie, una suerte de papirografía que tomó de la escritura japonesa. Esos trabajos llegaron a Holanda. Estuvo y no estuvo en el plano de la tela. Buscó innovar siempre, buscó regenerar su mensaje, siempre privilegiando el acercamiento de la gente al arte. En los almanaques pintó muchas veces los derechos del niño.

En 1975 expuso en la prestigiosa galería porteña Carmen Vaugh. El comentario del diario La Opinión sintetiza, aún para hoy, la personalidad y obra de Iacopetti. Dice así: “Lido Iacopetti pintor y docente artístico que desarrolla sus actividades en la ciudad de La Plata consumó en Buenos Aires el lunes último otra de sus singulares e insólitas ofrendas artísticas. Instalado en la Galería Carmen Vaugh con copioso material gráfico (imigrafías) y pictórico (pictografías) realizado por él, Iacopetti dedicó la jornada a la atención de un público que, atraído por anuncios y volantes, ente ellos una declaración del autor que aboga por un arte liberado de intereses y especulaciones, visitó el local de Florida 948 llevándose dibujos y pinturas sin desembolso alguno…”.

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