TEATRO: Todo lo que nadie ve, las paredes guardan (y oyen)

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Todo lo que nadie ve.  Dramaturgia y dirección de Javier Rodríguez Cano.

Fotografía Gustavo Maggi

* Escribe: María Eugenia Zapata.
 Todo lo que nadie ve, escrita por Javier Rodríguez Cano que, además de inspirarse en una vivencia personal, trae reminiscencias de aquella otra historia de Charlotte Perkins Gilman, “El empapelado amarillo” (1892), que también se ilumina a partir de experiencias de la propia escritora.

El rol de la mujer, supeditada a dos categorías: madre y esposa, con el estigma de la locura, ronda una trama que pasa de la calidez de un baile o un juego de palabras a la cólera que estalla intempestiva y expone a los protagonistas al límite de la ira.

La sala, pequeña y acogedora, sólo está bien iluminada donde se desarrolla la escena: la madre y el hijo hablan en la habitación de ella. Mientras, desde la sombra, el público es la otra pared que observa y oye todo: lo que se dice a viva a voz, lo conversado, y también lo que se susurra y sólo se nombra en la soledad de la propia congoja. El clima es tan íntimo en las escenas como entre los personajes y el público.

Con destacadas interpretaciones, Lourdes Invierno y Julián Fuentes encarnan el cansancio, la desesperación y el apego de dos seres que se tienen el uno al otro y que, asimismo, se ocultan un fragmento, un pedazo de sí, del cuál sólo son silenciosos testigos los muebles y los derruidos muros de la casa. Que se parece más a una jaula que al hogar que supo ser: tanto protege de los peligros que acechan afuera, como cercena la comunicación con la vida de aquellos que son libres y no han sido alcanzados por la desesperanza y la enfermedad.

¿Ser o no ser? Las respuestas se esbozan en el derrumbe y la monotonía de la vida de la mujer, pero también se reflejan en el hijo que, como en un juego de espejos, queda atrapado en la incertidumbre de cómo seguir y en la frustración de lo que indefectiblemente es.

Durante la obra los planos de luces introducen al espectador en distintos grados de comunicación con los protagonistas: por momentos, se invita a ser observadores, siguiendo las acciones al otro lado de la “pared”; sin embargo, hay escenas donde el público es interpelado directamente, como interlocutor, frente a las tribulaciones y confesiones más íntimas de ambos personajes.

El sonido de la obra es la música de las palabras y los silencios. Incluyendo la transpiración de las paredes, ¿el marchar de las hormigas?, y la respiración del auditorio. Mientras una exquisita “chanson” enmarca el vacilante final.

La obra es una invitación a transitar la propia sensibilidad, reconociendo contrastes y semejanzas en un drama tan intenso como la vida real. El miedo a seguir los propios sueños, la resistencia a los cambios y el ensimismamiento, el paso del tiempo- y el tiempo que nunca es suficiente para los más simples deseos (como cambiar un empapelado)-, la obediencia a los cánones y mandatos familiares… En fin, el relato es una micro-resistencia ética y estética, más bien atemporal, y de profunda vigencia en materia de la naturaleza humana.

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