” Acá no hay fantasmas” Espectral visita guiada al Teatro Cervantes

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Acá no hay fantasmas de Lisandro Rodríguez en el mítico Teatro Nacional Cervantes, símbolo de toda la notable historia de un siglo de arte teatral.

 

El Teatro Cervantes tiene sonidos, marcas, historia e historias. Acá hay velorios. Acá hubo un incendio enorme. Acá hubo un ejército de hurones. Acá hay personas que trabajan todo el tiempo. Recorrerlo es teñirse de su atmósfera, ingresar a un tiempo suspendido, alterno, donde la arquitectura, el pasado y la imaginación se ponen de manifiesto en combinaciones misteriosas. ¿Cómo se conoce algo? ¿Y a alguien? ¿Por dónde habría que empezar? Un comienzo podría ser dejarse llevar. Estar.
Esta visita es un juego. Como un tren fantasma pero sin fantasmas. Los fantasmas son espíritus, almas desencarnadas de seres muertos, que se manifiestan entre los vivos, principalmente en los lugares que frecuentaron durante su vida o en asociación a sus personas queridas. Acá no hay fantasmas es el nombre de esta visita guiada.

Algo de la larga historia

En 1918, los diarios anunciaron la construcción del teatro de los esposos Guerrero-Díaz de Mendoza en el terreno de la esquina de Libertad y Córdoba. Ambos actores se lanzaron a la empresa con pocos recursos, pero comprometiendo hasta al mismo rey de España para que todo el país trabajara sin condiciones. Tanto se entusiasmó Alfonso XIII con este proyecto que se constituiría en alta tribuna del arte y del idioma castellano, que adhirió a su realización y ordenó que todos los buques de carga españoles de su gobierno que llegasen a Buenos Aires debían transportar los elementos artísticos indispensables para el Cervantes.

Diez ciudades españolas trabajaron para el suntuoso teatro: de Valencia, azulejos y damascos; de Tarragona, las losetas rojas para el piso; de Ronda, las puertas de los palcos copiadas de una vieja sacristía; de Sevilla, las butacas del patio, bargueños, espejos, bancos, rejas, herrajes, azulejos; de Lucena, candiles, lámparas, faroles; de Barcelona, la pintura al fresco para el techo del teatro, de Madrid, los cortinados, tapices y el telón de boca, una verdadera obra de tapicería que representaba el escudo de armas de la ciudad de Buenos Aires bordado en seda y oro.

También el núcleo más prestigioso de los círculos sociales, financieros y artísticos porteños fue generoso en la ayuda moral y material que prestó.

El diseño y la ejecución de las obras estuvo a cargo de los arquitectos Aranda y Repetto quienes, junto con la Guerrero, estuvieron de acuerdo para que la fachada del edificio reprodujera en todos los detalles a la de la Universidad de Alcalá de Henares, de estilo Renacimiento y columnas platerescas. La construcción y ornamentación del Cervantes demandó cerca de setecientas personas entre operarios y artistas, pero todo fue ideado, corregido y también modificado mediante la constante y sagaz vigilancia de María Guerrero.

Amplia y elegante, la obra fue cobrando forma hasta que al fin, el 5 de setiembre de 1921 se inauguró con gran pompa y con la señora Guerrero interpretando La dama boba de Lope de Vega, una pieza que había marcado tantos momentos trascendentes de su vida. El Teatro Cervantes – María Guerrero no aceptó nunca las reiteradas sugerencias de bautizarlo con su nombre – parecía un milagro de fe. En realidad fue otro acto de amor por el teatro de esta mujer que le había entregado su vida a la escena.

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