El adiós al escultor Antonio Pujía

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Las cenizas del maestro escultor Antonio Pujía descansarán en el jardín de su taller, junto a una higuera que “siempre dio fruto”

Maestro de varias generaciones de artistas y continuador en la línea sucesoria del legado de emblemáticos creadores como José Fioravanti, Troiano Troiani, Alberto Lagos, Rogelio Yrurtia y Alfredo Bigatti, Pujía fue despedido este fin de semana por numerosos artistas amigos tales como Ponciano Cárdenas y Leo Vinci; representantes institucionales y de la cultura; personalidades del Colón y de distintas editoriales y alumnos, que acompañaron a la familia en la triste despedida de Antonio Pujia,  uno de los más destacados escultores argentinos. A lo largo de su carrera realizo miles de piezas de desde más de 2 metros de altura hasta de pocos centímetros, muchas de ellas son utilizadas como joyas.

Yo reconozco, valoro y amo a un verdadero collar de seres prudenciales en mi existencia. Cuando me trajeron de ese paraíso que era nuestra aldea, yo tenia temor a esos ruidos de los autos que no conocíamos allá. Aquí era un ruido infernal, dentro de ese contexto, me metí para adentro.
Lógicamente esos primeros días de escuela se transformaban en una especie de castigo porque no entendía, no me entendían, no me gustaba y tenia cierta curiosidad por todo lo que pasaba alrededor. 
Los dibujos eran una cosa espontánea, entonces yo lo hacía en los márgenes del cuaderno, temiendo que la maestra me pudiera retar. Y como no podía tomar dictado, porque no entendía, el único escape que tenia era ese.
Entonces esta maestra (queridísima Teresa), no me retaba, ni abochornaba, al contrario me golpeaba la espaldita, me acariciaba la cabeza y me decía que siguiera así. En una de esas se ve que vió que yo tenía una cierta facilidad para eso y le pidió a una compañerita mía de pupitre, que tenía una caja de colores, que me prestara las pinturitas. Entonces hice un diariero en toda la hoja, a todo color. Se ve que el diarero era un personaje que me llamaba mucho la atención, por la manera de llevar un paquete enorme de diarios y un canto que para mi era como una canción. De pronto Teresa viene, me agarra el cuaderno, lo mira y me lleva con la directora. Ellas hablan cosas que yo no alcanzo a entender, me llevan por los grados y muestran lo que hay en el cuaderno. Es entonces cuando salen aplausos espontáneos. Eso fue como una especie de bálsamo para mi. Después de unos cuantos años tuve la necesidad de ir al diván del psicoanalista.

Antonio Pujía

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