El pequeño gran teatro de Vittorio Podrecca en Buenos Aires – Año 1937

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Vittorio Podrecca (1883-1959), descendiente de una familia de músicos, comediógrafos, periodistas y actores venecianos, fue periodista, escritor, crítico de arte y secretario de la ilustre academia musical Santa Cecilia, de Roma. En 1912 se propuso desarrollar el teatro de marionetas llevándolo a un nivel excepcional de calidad.

 

 


Hacia la primavera de 1937 lejos estaba Vittorio Podrecca y su famoso Teatro del Piccoli, de pasar  como una presencia más, de las múltiples (talentosas todas) que  pisaban anualmente el escenario del antiguo Teatro San Martín de la calle Esmeralda. La trascendencia de su arte deslumbró a los porteños que alcanzaron a verlo; pequeños o mayores, amantes del teatro o ajenos al arte escénico, comprobaron que este italiano era mucho más que un manipulador de muñecos, era el artífice de una conjunción artística, en la que se armonizaban la música, la danza, el color, la palabra y el gesto, en una combinación de códigos raramente presente en nuestros escenarios.

El mismo Podrecca se definía entonces:

“El Teatro del Piccoli, no quiere ser llamado Teatro de Marionetas ni de títeres. Estas dos denominaciones responden a una cosa tradicional, vetusta, o a una cosa banal de expresión infantil. Nuestras marionetas están reformadas técnicamente; no son las marionetas venales. El Teatro del Piccoli tiene un sentido artístico antes que marionetista; se sirve de la marioneta como instrumento, de la misma manera que el arte de la música se sirve del violín. Hemos sacado a la marioneta, todo el rendimiento que puede dar dentro del espíritu moderno. Entre la estilización y la caricatura está el contenido espiritual de la marioneta: la musicalidad y el ritmo. Si el ritmo se esparce el muñeco muere, pierde su humanización. Con las marionetas no hay posibilidad de hacer funciones de larga duración. Por eso están más cerca del espíritu moderno que del teatro contemplativo. El espectáculo de ahora debe ser vibrante.”

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El final del espectáculo siempre estaba reservado para el más  famoso de sus personajes: el pianista Piccolowsky, que mientras tocaba magistralmente al piano una sonata, cerraba el telón.

Ernesto Schoo, en su columna del diario “La Nación” del 13 julio de 2002, así recuerda al  diminuto pianista: “En la memoria de este cronista permanecen tan sólo dos detalles de la representación a la que asistió, hace 65 años. Uno, la delirante actuación del “más pequeño y más cómico pianista”, que cerraba la función: un monstruito melenudo que, al tiempo que agitaba su exacerbada pelambre al compás de una polonesa furibunda, destripaba el minúsculo piano víctima de su temperamento apasionado. Otro -el más preciso-, la incesante rotación de una sombrilla, de la que se servía una no menos temperamental soprano, la Signora Strampoloni (entre cajas, la mujer de Podrecca, Lía, cantante de coloratura), mientras entonaba, cada vez más aceleradamente, el vals “Voces de primavera”, de Strauss. La sombrilla giraba y giraba hasta convertirse en una suerte de hélice que arrastraba a la emisora de incesantes gorgoritos a la estratosfera”

Su fama se extendió rápidamente por todo el mundo, tanto es así que recorrió más de veinte países diversos representando sus espectáculos, a los que iba añadiendo personajes típicos de las culturas por donde pasaba. Así, su colección de muñecos llegó a tener más de novecientos “artistas” de hilos en actividad. Seguramente el elenco más disciplinado del mundo. El éxito de su inmenso trabajo se debía a su capacidad para compaginar en sus espectáculos la música, la poesía, la danza y la mejor técnica de manipulación en muñecos de hilo que se haya visto.

Por suerte la marioneta Piccolowsky participó de algunas películas ( una de ellas en Buenos Aires junto a Enrique Muiño – Donde mueren las palabras) y de un cortometraje donde su arte se puede apreciar y que aquí les dejo para que lo disfruten

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