“La Forma de las Cosas” Una propuesta teatral que invita al debate

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la-forma“La Forma de las Cosas” Los límites del amor y del arte contemporáneo, puestos en tela de juicio desde el humor corrosivo de Neil Labute, bajo la dirección de Sebastián Bauzá.

Una Historia de amor, una comedia negra, una invitación al debate.

 

Por Roberto Famá Hernández

Miembro de la Asoc. Arg. de Invest. y Crítica Teatral.

“La forma de las cosas” comienza cuando Evelyn y Andrés se conocen en el museo de una universidad de arte.  Evelyn es una atractiva y seductora artista plástica que busca material para preparar su tesis. Andrés es  uno de los cuidadores del museo. Ella es irreverente, alegre, vital. Andrés, en cambio, tiene mucho de aquellos personajes primeros de  Woody Allen, la caricatura de un “perdedor” que en verdad está cómodo como es, pero que atravesará un cambio sin retorno y nada será igual en su vida después de Evelyn.

La dramaturgia es de Neil Labute, el mismo autor de “Gorda”. Labute fue un “niño terrible” del teatro estadounidense durante los años noventa. Estudió teatro en una universidad privada perteneciente a la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días, muy conservadora a pesar de ser una universidad de arte. Allí, algunos de sus primeros trabajos fueron censurados;  mucho de esa historia personal del autor, de la discusión sobre los límites del arte aparecen también en esta obra, aunque el eje central es la manipulación de las relaciones humanas y los estereotipos de belleza y de comportamiento. El texto es incisivo, corrosivo, tiene un humor irónico, es mordaz, habla de temas que la sociedad en sí no tiene resueltos y es tan inteligente que dice las cosas en voz baja pero sacude como si las gritase.

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A Gastón Cocchiarale le toca personificar a Andrés, su rol es el más difícil y fundamental, debe medir y acertar en la metamorfosis de su personaje y resulta brillante su trabajo en los momentos de humor, pero le cuesta más entrar en la vena dramática en los tramos finales de la obra aunque talento le sobra, quizás sea porque el ritmo de la escena lo sigue manejando el accionar de Evelyn, cuando esa escena final debería acompasarse íntegramente al ritmo del personaje de Andrés.

A Vicky Alsua tampoco le toca un personaje fácil, ella es Evelyn, una joven y atractiva mujer que no cree en los límites, ella entiende que existen pero como construcciones sociales, tiene algo de anarquista  y no repara en las normas de las instituciones, ni en religiones y busca en el arte esa expansión hacia el infinito de lo posible y, de alguna manera u otra, arrastra a los otros tres personajes a cruzar sus propios límites. Para lograrlo su personaje se perfila en matices diferentes, a veces contradictorios. Debe conquistar una empatía con el público y enfrentarse a esa misma empatía rompiéndola con un monólogo directo a la platea que evidencia el discurso rupturista propio del autor.  Alsua sale más que airosa del desafío aunque, como ya dije,  en la escena final debería quizás dejarle “la batuta” de la acción al personaje de Andrés.

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María de Pablo y Juan Luppi escenifican a los amigos de Andrés que también se verán transformados por los cambios generados desde Evelyn sobre su amigo.  María de Pablo, de impecable trabajo durante 7 temporadas en “Claveles Rojos” vuelve a cautivarnos aquí con un personaje fresco, con algo de ingenuidad y que espeja mucho de las banalidades sociales que el autor pretende enjuiciar. Juan Luppi, muy medido, de buena presencia escénica, toma para su personaje los códigos de la amistad entre hombres, debe transitar de alguna manera el camino inverso al de su amigo Andrés y lo logra con gestos pequeños pero elocuentes, quizás más propios de una actuación de cine que de teatro, manejando muy bien los silencios y el juego de miradas.

La escenografía es de Sabrina López Hovhannessian, una escenógrafa y vestuarista de amplia experiencia, muy bien considerada en el ambiente teatral, pero que a mi juicio no acierta plenamente en esta oportunidad; los practicables no son nada prácticos, obliga a cambios de lugar de los mismos elementos menores, tratando de marcar ambientes diferentes donde transcurren las escenas, pero en verdad,  la escenografía fija detrás, es tan preponderante que el efecto buscado no se logra por esos cambios, sino porque el público comprende y acepta el código a pesar de esos movimientos de los practicables que saturan un poco y perturban la línea secuencial.

Sebastián Bauzá es un director que ya desde “Los Opas” demostró ser equilibrado en la puesta y tener un buen manejo del elenco y aquí  vuelve a lograrlo. No nos aclara la ficha técnica de quién es la traducción de la obra original, pero es bastante libre y es un acierto por cuanto el idiolecto de los personajes logra la inmediata identificación con nuestra realidad cotidiana e incluso el nombre de algunos personajes son castellanizados.

Una buena propuesta para ver junto a amigos, por cuanto invita al debate posterior, le recomiendo que no deje pasar la oportunidad de disfrutarla, la cita es en el Teatro Kairós, los viernes a las 20.30.

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