Rita Terranova nos cuenta todo sobre “Winnie” de “Los días felices” de Samuel Beckett

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los-dias-felices-dest“Los Días Felices” la genial creación de Samuel Beckett, puede verse en Teatro El Tinglado, los miércoles a las 20.30, bajo la dirección de Rubén Pires y la impecable labor escénica de Rita Terranova. 

La actriz nos cuenta todo sobre su personaje Winnie mientras repasamos  algunos pasajes de su intensa y extensa carrera artística.

Por Roberto Famá Hernández

Miembro de la Asoc. Arg. de Invest. y Crítica Teatral


Rita Terranova, como Winnie, en “Los días Felices”, de Samuel Beckett es realmente insuperable; un desafío enorme para cualquier actriz porque queda limitada en su expresión corporal por estar hundida en ese montículo, primero hasta la cintura, luego hasta el cuello y encorsetada en las excesivas marcaciones impuestas desde el texto.  Pero Rita Terranova es dueña de un enorme talento y mucho oficio, ella logra transmitir con humor y simpatía el sentir de Winnie, con los gestos de su rostro y los matices de su voz, acertados en tiempo e intensidad; ella logra que prevalezca la poesía, porque Beckett asume en toda su obra, un compromiso casi sagrado con lo poético, lo mágico y lo estéticamente bello y esto está absolutamente logrado en el trabajo de Terranova,  muy bien acompañada por Gerardo Baamonde.

Para conocer más sobre su trabajo como Winnie, tuve la oportunidad de entrevistarla y hablar de este difícil personaje creado por Beckett y de su intensa y extensa carrera artística:

¿Cómo es trabajar una obra, desde un lugar tan “encorsetado” no sólo desde lo físico, que acota la expresión casi sólo al rostro, sino también encorsetada en las acciones, por la enorme cantidad de marcaciones que tiene el texto? ¿Qué lugar queda para la creatividad de la artista?

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Te voy a decir algo que me dijo una vez Esther Ferrando ( Coreógrafa y ex bailarina del Teatro Colón) cuando yo era chica y trabajaba en una obra donde bailaba; Esther decía: “bailar es lo que sucede, entre la música y la marcación del coreógrafo” Esta frase la recordé ensayando “Los días felices”, porque es tan puntillosa la marcación, que la ubica hasta en segundos y no es que yo cuente los segundos en escena, pero ensayaba contando hasta los segundos

¿Hasta incorporar los tiempos en el cuerpo como en la danza?

Hasta incorporarlo. Es ensayando “en frío” después viene lo otro que es actuar, que es humanizarlo, para que no sea una maquina de reloj; ahí viene la humanidad.

¿Y qué tiempo llevó ese proceso creativo tan complejo?

Hace como tres años que Pires me propuso hacerla y ensayamos más de un año. Nunca jamás, había pensado yo hacer esta obra, pero nunca. Si me preguntabas que personaje hubiese querido hacer, no te hubiese dicho Winnie, pero cuando fui a ver “Esperando a Godot” también de Beckett dirigida por Pires y me encantó su puesta, entendí lo que eran esos personajes en la nada, y él ahí me ofreció hacer este personaje, pero como nunca había pensado hacer Winnie, le propuse encontrarnos para volver sobre el texto y me enloquecí con el personaje y todo lo que me ha dado no se puede explicar, porque explicar Beckett es como intentar explicar la poesía, pero siento que Winnie me ha hecho crecer también como persona.

¿Por dónde pasa en Winnie el mayor sentido de humanidad? ¿En el optimismo como forma de resistencia, o en la esperanza como acto de fe o de negación de la realidad?

Creo que en el optimismo como forma de resistencia. Por momentos es la esperanza, sobre todo en la primera parte de la obra, cuando ella todavía reza y cree en Dios pero no de una manera muy religiosa, sino como aquel ser humano que en un momento extremo invoca a Dios y ni sabe rezar, pero ya en el segundo acto dice: “Antes rezaba… sí juro que rezaba, ahora no. Qué cosa, ¿no? es haber sido siempre la que soy y ser tan diferente de la que fui

Y en el segundo acto, va bajando el ritmo, es como que va “apagándose” el personaje, ¿no?

Sí. Mirá, Pires piensa que en el final de la obra ella muere; yo digo que no, que la puede tapar la tierra pero que ella no se muere, se muere si la tapa la tierra, pero no que se está muriendo; yo creo que no muere.

Es muy sugerente que el único elemento que queda fuera del bolso es el revólver. ¿Es como una invitación al suicidio,  a la búsqueda de un final?

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Yo traté de preguntármelo, pero tanto Pires como Baamonde que han hecho todo Beckett, me decían; “no trates esta obra como las demás, no tiene metáfora, es el aquí y ahora, no estés pensando eso…”  Pero una vez que ya está en escena, me permito pensarlo y una de las cosas que pienso es que, quizás, él no existe, que ella lo evoca para seguir viva…

Es muy inteligente esa mirada, es una muy buena lectura, desde la óptica de esa mujer.

Fijate, además, que Beckett tiene una novela protagonizada por una mujer, pero teatralmente es la única obra de Beckett protagonizada por una mujer y me asombró que conozca tanto el mundo femenino.

Bueno, dicen, que Los Días Felices, la escribe a pedido de su mujer, por ahí puso cosas de su esposa allí. Winnie es un personaje muy difícil y pensaba, que desde aquel personaje de Ango-Rita que hiciste a tus trece o catorce años a hoy, has hecho infinidad de personajes, ¿es Winnie el más difícil, el mayor desafío o hubo otras obras que te hayan costado más interpretar?

De alguna manera ésta obra lo es, por esto del doble libreto, el libreto del texto y el libreto de las acciones del que hablamos antes. Pero también a mí me costó mucho hacer “Diario de una camarera” de Octave Mirbeau, que la adapté yo para teatro y la dirigió Manuel Ledvabni, la estrenamos en el 98 y la hice 5 años y gané muchos premios por ese trabajo, pero me costó muchísimo, porque era un unipersonal, hacía diez personajes cambiando sólo el discurso físico y la voz y era un personaje que además de camarera, ella se dedicaba a iniciar sexualmente a los chicos de la casa y a mí me costaba mucho actuarlo, me costaba estar sexy, porque nunca lo había hecho en el teatro. Otra obra que me costó mucho también fue “El jardín de los Cerezos” de Chejov, porque lo difícil es encontrar el punto justo chejoviano, porque en expresividad es lo opuesto a Beckett. Chejov decía que la vida era exagerada y que no había que actuar como en la vida, todo es de una sobriedad y un sentimiento que a mí, que tengo sangre italiana, te imaginas lo que me costó.

Pero así y todo, también la hiciste en distintas temporadas y te fue muy bien. Pero, justamente. ahí, en “El jardín de los Cerezos” hay uno de los dos puntos que imagino recordarás por siempre de tu carrera; uno es ese, compartir escenario con tu hija Renata Marrone haciendo Chejov y el otro punto de tu carrera es anterior, es compartir escenario haciendo “He visto a Dios” con tu papá, un gigante de la escena como fue Don Osvaldo Terranova. ¿Cómo fueron esas dos experiencias?

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Es muy raro lo que viví; algo maravilloso, porque mi papá era un hombre muy de la casa, y yo que era adolescente, cuando me tocó cruzar la mirada con mi papá en un escenario, sentí que estaba frente a una montaña y mi sentimiento fue; “con razón todos dicen lo que es” con una energía y con esa voz que me decía: “Pasá, Anunciatta, pasá…” y yo que tenía 16 años y la voz tan chiquitita… Y recuerdo que mi papá me dijo, que el tenor Beniamino Gigli, cuando cantaba con su hija, bajaba un poco para no taparla y que él iba a hacer lo mismo, pero que, de aquí en más, si no vas a hacer foniatría te saco el apellido.

Extraordinario, tu padre.

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Y después con mi hija lo mismo, porque no la veía a ella, veía al personaje, y con ambos, lo que sentí… es que aumentó el amor, sí, en los dos casos, el respeto, la admiración, crecieron y si había algo que limar, se limó, por haber trabajado juntos. Mi hija, cuando yo la dirijo, no me dice mamá, me dice Rita, hay un respeto mutuo absoluto y con mi papá también, era un vínculo profesional de mucha admiración, mucho orgullo, a mí me gusta esto de las familias de teatro.

Se vive el teatro desde la casa, como una familia, ¿no?

Ah! Yo me acuerdo que venían a casa, Ernesto Schoo, Kive Staiff, Jorge Luz que me hacía reír muchísimo. Osvaldo Pacheco, muchos… Cada vez que había una temporada mi papá hacía asados y venían a casa… era muy especial.

¿Y, qué quedó en vos de la escritora de cuentos infantiles? Porque te fue muy bien…

Sí, me fue bárbaro! México compró 5 ediciones! Me fue bárbaro. Lo que pasó fue que mi hija que era chiquita me hacía el típico reproche, “nunca me lees un cuento porque hacés teatro”, porque además yo trabajaba de martes a domingos y siempre hay crisis, que no estás para la cena… Y le dije, tenés razón, no te voy a contar, te voy a escribir un cuento y así fue, como yo tenía una amiga que trabajaba en una editorial, se lo llevé y ella sabía mucho de cuentos infantiles; se lo llevé para que me diera su parecer, lo llevó a la editorial y le dijeron; que escriba otro y le publicamos. Así lo hice y lo publicaron, cuando lo escribí mi hija tenía siete años, cuando lo publicaron tenía casi doce. Y ahora que tengo una nieta, que se llama Carmelita y que el 30 de agosto cumple tres años, por ahí sigo escribiendo. Yo tengo toda una biblioteca de cuentos infantiles, con los clásicos de siempre y los nuevos, libros sobre psicología de cuentos de hadas y mucho material sobre cuentos infantiles, es un trabajo que me gusta hacer y por ahí lo sigo.

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